Ayer estuve en el encuentro Re-think Industry organizado por a Diputación de Gipuzkoa. Jornada donde hubo mensajes importantes, que me invitan a reflexiones entorno a la gestión del cambio.

Nos encontramos en un contexto de inestabilidad e incertidumbre geopolítica marcado por profundos cambios estructurales. Pero, sobre todo, vivimos con la sensación de que la velocidad del entorno nos sobrepasa: cual olas que vienen una tras otra, no nos dan tiempo a integrar y asentar los cambios exigidos por la anterior.

En este escenario:

  • Europa tiene el diagnóstico, pero le falta velocidad en la implementación.
  • Gipuzkoa tiene retos estructurales que afrontar, pero cuenta con algo muy de aquí, presente en nuestro ADN y que necesitamos recuperar con más energía si cabe: la colaboración, el esfuerzo y el mimo que requiere el trabajo bien hecho.

 

 

¿Y cómo aterrizarlo? Se escucharon reflexiones de gran calado para el tejido industrial:

  • «Centrarnos en lo que sabemos hacer incorporando las nuevas tecnologías para potenciar nuestro negocio.»
  • «Pasar de vernos como competidores a colaborar para ganar escala y, juntos, ser más fuertes y competitivos.»
  • «La necesidad de rediseñar el trabajo integrando las nuevas tecnologías y las capacidades que estas aportan.»
  • «La importancia de ofrecer proyectos y trabajos con sentido para atraer y fidelizar el talento (escaso).»
  • «La necesidad de seguir creando, nutriendo y apoyando al ecosistema para favorecer la colaboración entre empresas y agentes del sistema de ciencia y tecnología; la colaboración directamente entre empresas y la atracción y fidelización del talento como país.»

Sin embargo, todas estas recetas se quedan cojas sin otra idea clave que emergió con fuerza en el encuentro:

👉 «Berrikuntza teknologikoa ezinezkoa da berrikuntza ez teknologiko gabe»

(No es posible la innovación tecnológica sin la innovación no tecnológica).

Queramos admitirlo o no, en esta fórmula hay un componente crítico: quienes impulsan e integran todos estos cambios son personas y equipos dentro de un entorno sociotécnico.

Diseñar un proceso de transformación sobre el papel es relativamente sencillo; llevarlo a tierra es otra historia. ¿De ahí el “el diagnóstico es claro pero falta la velocidad de implementación”?

No consiste sólo en fijar una dirección, unos hitos y unos recursos. Implica dar pasos con una intención y una dirección clara pero testar permanentemente el nivel de energía, el alineamiento y «la dirección del viento» para ir adaptando cada paso.

Significa sostener conversaciones reales con quienes impulsan el cambio (un lugar que no siempre es fácil de habitar), gestionando expectativas, necesidades, intereses y miedos. Implica mantener conversaciones con las personas implicadas, para identificar a tiempo los inputs tangibles e intangibles que emergen en el camino y que ningún plan puede anticipar, para reajustar una y otra vez la dirección que nos acerca al objetivo.

Porque quien diga que de antemano cómo se va a producir un cambio con día y hora miente. Porque un cambio se puede facilitar, no controlar.

Sabemos que la resistencia aparecerá. No hay cambio real sin resistencia. Resistencia entendida no como un elemento negativo, sino como parte natural del proceso: es la respuesta de un sistema o de formas de hacer ya interiorizadas que aportaban la seguridad de lo conocido. Lo nuevo, por muy ilusionante que sea, genera la incertidumbre de lo desconocido. Incertidumbre que tiene múltiples formas de mostrarse. Algunas muy evidentes, otras más sibilinas.

Es lo que tiene el cambio, debe ser afrontado con dosis medidas de incertidumbre y miedo (que habla de posibles riesgos) que debe ser transformado en determinación, afán de superación y altas dosis de confianza en el proceso.

Continuemos remando en esa dirección.

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