¿En qué eres realmente bueno?
Últimamente he realizado este ejercicio en diferentes entornos, y en el momento en que hago esta pregunta, un silencio se apodera de la sala. Es una pregunta a la que nos cuesta poner respuesta sin sentirnos incómodos.
Una sala en la que tal vez otros no nos conocen y no están ni si quiera en disposición de cuestionar si aquello que voy a decir es o no cierto. O incluso una sala en la que estamos sólo dos personas. Constato que el origen de la incomodidad no es tanto el público como nosotros mismos…
Tímidamente empiezan las respuestas, en voz baja, y a menudo acompañado de un tono tímido, bajo o de pedir permiso. ¿Acaso nos tenemos que avergonzar por reconocer que llevamos un camino hecho, que hemos conseguido hacer algunas cosas bien, sin arrogancia, pero adjudicándonos el mérito merecido?
En cambio, si la pregunta hubiese sido en tono contrario, ¿qué es lo que te cuesta o no se te da tan bien? Seríamos capaces de hablar largo y tendido, y además me atrevo a decir que hasta nos sentiríamos más cómodos que ante la pregunta anterior.
¿Qué subyace bajo este comportamiento? Somos capaces de ver las luces de los demás pero no de reconocernos a nosotros mismos nuestro brillo. Somos capaces incluso de elogiar en otros valores que también nosotros poseemos, y en cambio no reconocer ese valor en la misma medida en nosotros mismos. «Lo del vecino siempre brilla más».
Todos nacemos y desarrollamos a lo largo de nuestra vida una identidad, unas habilidades, un talento… que nos hacen ser únicos y especiales. Todos tenemos áreas que brillan, y otras que no tanto. Pero parece que somos capaces de reconocer más fácilmente nuestras sombras que nuestra brillantez.
No se trata de ponerse galones que no nos corresponden ni exagerar, pero sí de reconocernos que hay cosas que se nos dan bien, y darle valor a eso.
El no ser capaz de darle valor a nuestra brillantez hace que dependamos de lo que nos dicen los demás. Como yo mismo no me reconozco lo que valgo necesito que otros me lo digan, con lo que estoy poniendo el poder en manos de otros. Otros que no saben lo que yo necesito, por lo que mi autoestima dependerá de si los demás son más o menos delicados y elocuentes, de que adivinen lo que necesito, … Estoy a expensas de alguien ajeno a mi, que por muy excelente persona que sea, nunca va a ser capaz de darme lo que yo mismo no me se dar.
Os propongo un ejercicio para responder a: ¿En qué eres realmente bueno?
Tómate un tiempo para reflexionar. Ponte cómodo, pon una música agradable, sal a pasear por un lugar tranquilo que te inspire,…
Piensa en aquellas situaciones en las que te desenvuelves como pez en el agua. Esas situaciones en las que te sientes en plenitud, en tu elemento. Entre gente, tú solo, haciendo algo en concreto,… ¿Qué es eso que se te da bien?
Piensa en situaciones complejas que hayas vivido y en las que sientas que fuiste capaz de salir de manera victorioso. ¿Qué rasgos son los que destacaron? ¿Qué actitud o comportamiento es el que marcó la diferencia? ¿Cuál era el pensamiento sobre ti y sobre tus capacidades la que subyacía en ese momento?
Seguro que te ha salido una lista mucho mayor que la que pensabas a priori. Ahora, toma una actitud de reconocimiento contigo mismo. Date el permiso de valorar tus méritos, desde la humildad, pero desde la justicia contigo mismo, y relee la lista.
Por último, hazte el favor de creer que esa persona que estás reconociendo eres tú mismo.
¿Eres ahora capaz de reconocer tu valor? Podrías contestarme ahora, sin ruborizarte… ¿en qué eres realmente bueno?



