Muchos proyectos nacen de una intuición abstracta; como un susurro en la cabeza: «Esto se tiene que hacer de otra forma«.

Esas ideas en algún momento saltan de la mente a una conversación de café y rondan durante semanas… hasta que de repente alguien decide dedicarle tiempo, mimo y cariño.

Y ahí empieza el verdadero proceso:

  • La idea crece: se suman matices, se descartan rutas.
  • Llega la apuesta: no solo de dinero, sino de tiempo cognitivo, de un «¿y cómo podríamos…?».
  • Se vuelve obsesión (de la buena): muchas ideas mueren por el camino, pero algunas se convierten en proyectos reales gracias al esfuerzo constante.

Ese camino, y sobre todo, ese salto de pasar de idea a proyecto y de proyecto a realidad es un camino no exento de obstáculos.

 

Esquema dibujado a mano sobre papelógrafo para el prototipado, testeo e implementación en un proyecto de innovación.

 

Acompañando a promotores a movilizar personas, recursos y voluntades, en proyectos muy diversos, he visto una constante: cambiar las cosas requiere dejar atrás inercias, formas de pensar y hábitos arraigados.

Son raíces profundas que sostienen estructuras y no se van a la primera de cambio. Innovar implica incomodidad —como repite una colega, «si no duele, es que no estamos innovando«—.

Requiere la capacidad de bailar con la incertidumbre mientras emerge lo nuevo y lo viejo se resiste a irse… Seguir confiando en el proceso y generar el contexto para que las cosas sucedan en esa organización y en ese momento.

Hoy rescato esta foto: el «acta» de una reunión donde definíamos la hoja de ruta de uno de esos viajes. ¡Qué recuerdos!

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