El acompañamiento a un equipo nunca es un camino recto. Por mucho que tracemos una hoja de ruta, el proceso raramente es lineal. Y precisamente ahí creo que reside el verdadero valor: en saber adaptarse a las necesidades diversas que van emergiendo en el camino. Un viaje con momentos de claridad, momentos de confusión y momentos de celebración.

¿Por qué fallan las recetas mágicas en el acompañamiento de equipos?

A menudo se busca una solución estándar para problemas complejos, pero la realidad de las organizaciones exige un enfoque mucho más profundo.

El verdadero valor del acompañamiento no reside en la sofisticación de la herramienta, sino en la presencia. Esa capacidad de estar plenamente disponible para el equipo, captando lo que sucede en el ‘aquí y ahora’ y devolviendo la claridad necesaria para avanzar. Sin esta presencia consciente, los roles que asumo —ya sea como brújula, sombra o espejo— perderían su capacidad de impacto, pues es la presencia la que me permite decidir qué necesita el sistema en cada momento para no detenerse. Sin esta presencia, dificilmente puedo ayudar al equipo a reconocer eso que está pasando o no pasando. Sin esa presencia, dificilmente traeré la pregunta poderosa que necesita el equipo.

Como coach y facilitadora, mi rol no es estático. Se modula y se adapta constantemente a lo que el equipo necesita. Porque acompañar no es solo aplicar herramientas; es saber leer lo visible y lo invisible, lo que se dice y lo que no se dice… los silencios y las tensiones que a menudo forman parte de las dinámicas invisibles de los equipos.

 

Olaia Agirre de OAZ facilitando una sesión de acompañamiento a un equipo. Retos que muestran las dinámicas naturales de los equipos

 

Lo roles para acompañar al equipo

A lo largo de un proceso, paso por muchos lugares para facilitar el avance del sistema:

  • La mentora: Cuando necesitan incorporar un concepto o una herramienta nueva.
  • El sostén: Cuando toca facilitar esa conversación incómoda que llevan tiempo evitando, buscando que sea constructiva. Porque, como ya hemos visto, un equipo no necesita llevarse bien, necesita aprender a debatir.
  • La brújula: Cuando toca recordar los básicos, el «para qué» y recuperar el foco.
  • El espejo: Para retarles a ir hacia la acción o, todo lo contrario, para invitarles a parar. Parar para pensar, para sentir y para reconocerse.
  • La sombra: Para simplemente observar, dejar hacer y devolver un feedback que genere consciencia.
  • El faro: Cuando aparecen los ángulos ciegos y puedo aportar luz con prácticas que han servido a otros, sabiendo que no todo vale para todos.
  • Y a veces también la confidente ;-)

Del «aquí y ahora» a los resultados tangibles

Estar presente desde todos estos lugares exige una pregunta constante: ¿Qué necesita este equipo para avanzar hoy? ¿Desde qué lugar puedo aportar más valor en este momento? Porque esto no va de mí, va del potencial manifestándose en los pasos que ese equipo va dando.

No siempre es fácil. Para llegar a los resultados, hay que transitar la incertidumbre, las resistencias que en todo proceso emergen antes o después, y el trabajo profundo.

Por eso, no hay mejor forma de cerrar la semana que recibiendo un mensaje que dice: «Me gusta mucho el talante que está tomando todo esto, se va notando claramente en el día a día».

Ahí es donde todo cobra sentido. 💫

Sigamos haciendo camino. ¿Hablamos?

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