Me gusta diseñar experiencias de aprendizaje a partir de la vida real, con situaciones reales de la persona o del equipo, porque es ahí, cuando algo nos importa de verdad y “nos aprieta el zapato”, donde se activan tanto el potencial del equipo como sus límites. En esas situaciones se hace visible lo que de otro modo permanecería oculto: la motivación profunda, las capacidades reales y también las barreras, miedos y creencias que frenan el rendimiento colectivo.

Cuando acompaño a las organizaciones, uso las reuniones de equipo y los retos concretos como un laboratorio real para observar estas dinámicas invisibles y convertirlas en palancas de desarrollo.​</strong>

Cuando la realidad interpela al equipo

Si el reto es de verdad importante, aparecen los motivos auténticos, esos que empujan al equipo a exprimir el cerebro buscando planes A, B, C… hasta encontrar cómo hacerlo posible. Esa búsqueda creativa, sostenida en el tiempo, permite superar obstáculos, aprender más rápido y ampliar el repertorio de recursos individuales y colectivos.

Al mismo tiempo, se hacen visibles los límites del equipo: los objetivos (lo que todavía no se sabe o no se domina) y los subjetivos (miedos, inseguridades, exigencias internas, comparaciones, expectativas irreales sobre “cómo debería ser” o “cómo debería comportarme” en ese rol). Ver estos límites en acción, en lugar de hablar de ellos en abstracto, abre la puerta a trabajarlos de forma honesta y efectiva.

El valor de los retos reales en los equipos

Por eso también disfruto poniendo retos reales a los equipos: en esa frontera entre juego y realidad emergen pautas de comportamiento muy claras y dinámicas que normalmente pasan desapercibidas, pero que están muy presentes en el día a día. Cómo nos hablamos, a quién se escucha y a quién no, qué priorizamos cuando hay tensión (el objetivo, la relación o un equilibrio sano entre ambos) se ve con nitidez cuando el equipo está bajo presión y tiene que coordinarse para lograr algo concreto.

Trabajar con retos reales hace visibles el potencial y las dinámicas ocultas de los equipos para convertirlas en palancas de desarrollo.

En estos ejercicios también aparece cómo responde el equipo ante el error o ante imprevistos que obligan a pivotar: si se buscan culpables o aprendizajes, si se bloquea o es capaz de reorganizarse. Todo ello ofrece información valiosa sobre el estilo de liderazgo, la calidad de la comunicación y el nivel de confianza que existe dentro del equipo.

El mundo invisible que condiciona los resultados

Todo este “mundo invisible” pero muy presente dice mucho del desarrollo y del potencial de un equipo. Son dinámicas invisibles que pueden inhibir o impulsar su capacidad de lograr resultados y, al mismo tiempo, cuidar el bienestar de las personas que lo forman.

Trabajar con situaciones reales y con retos diseñados a medida permite identificar esas palancas y convertirlas en foco de desarrollo: qué mantener, qué reforzar y qué transformar. Ahí es donde el trabajo con equipos deja de ser teoría y se convierte en un proceso vivo de cambio, más honesto, más profundo y, sobre todo, más útil para la realidad que están viviendo.

 

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